Checho ilustrado

En Cusco lo adoran, los hinchas hablan de elevarle estatuas, ponerle su apellido a la avenida El Sol, hacerlo alcalde o comisario, y aun, echar a Juvenal Silva a la calle y nombrarlo presidente del rojo.

En Sullana suele pasar sus mejores vacaciones, vive su suegra, creció su esposa Rocío e hizo la primaria pelotera por un precio módico. Su DNI, en cambio, habla de un acento cordobés que no se ha ido. Ni se irá.

El Checho Ibarra hizo sus pichangas en Río Cuarto, una provincia argentina donde cualquier cabecita negra tiene dos opciones: jugar al fútbol o morirse de hambre.

"Yo elegí", dice el delantero sin ese perfil bronquero con el que alguna vez desafió a un periodista ducho en datos, porcentajes y calculadoras, quien publicó una nota que rompió su exclusivo carnet de ingreso en el grupo de los 100 (club de goleadores históricos que tiene en Waldir Sáenz --el ex jugador de Alianza-- a su figura estelar, con 174 goles). "Yo elegí", dice el Checho canchero, arrugado, champero, con olfato, medio regordete, pero elevado a la más alta potencia a la hora de disparle al arco de enfrente.Alguna vez se lo dijeron: "Eres el único goleador sin póster".

Goles son dolores

Otra definición que intenta medir la talla del atacante lauchero que suele ser: es un pata de palo con botines de oro. En el último Apertura marcó siete goles, en el Clausura que terminó, once. 18 goles, cifra que Wally y Carty, sus compañeros de promoción, ni si quiera soñaron concretar.

Una tarde de julio del 2005, cuando Cienciano ya tenía el Apertura en el bolso e Ibarra había cumplido la promesa de vacunar al crema Juan Flores, confesó una verdad que debe ser publicada por los siglos de los siglos:

"Mirá, yo anoté en todos los clubes en los que jugué. Fui goleador en Muni, en Sullana, en Boys, en la 'U', pero cuando es hora de renovar nadie me llama". Repasemos: en Muni se fue porque no había plata, en Boys lo mismo y en la 'U' --Checho lo ha repetido mil veces-- Álvaro Barco le puso la cruz.

"Ese me botó para traer a un par de paquetes", dice. Hoy le ocurre lo mismo. Después de una temporada (casi) fantástica, Juvenal no lo quiere. O lo que es lo mismo: le importa un bledo si renueva o no con el rojo. "Por mí que se vaya caminando", dicen que dijo Juve cuando se enteró que Sergio andaba haciendo rabieta en público. Encima, el titular de Cienciano dijo en Arequipa que ya tiene a Lagorio rogándole que lo contrate. Pobre Checho, siempre le pasa lo mismo. Mete goles como cancha y a él le meten un patadón.

La vida futbolística del Checho está llena de datos curiosos. Sus 172 goles, en esta versión paleolítica que es el fútbol peruano, solo le sirven para arreglar contratos cicateros con el club de turno. Su fina puntería en los penales, sus dos pies izquierdos, su quijada de burro y su melena bien cuidada no han sido el chip que motive a cualquier fanático la creación de su primera página web.

Si Del Gol permite navegar en la web de Fano o de Roberto Silva --que juntos no deben sumar ni cien goles en Primera--. ¿por qué nadie se toma el trabajo de colgar en Internet su vida en lenguaje HTML y tecnicolor?

Pero sí existe la dirección sergibarra.com. No es una web hecha a imagen y semejanza del 9, no detalla sus goles de ingle, de nariz o sus uñazos más célebres: es un lugar en el ciberespacio en el que se puede recibir asesoría para comprar inmuebles. Casas, dormitorios, etc. en buen cristiano. ¿Y cuál es la casa de Checho? "Cienciano es lo mejor que me pasó en la vida. Es mi casa y mi refugio".

Cómo duele ser 9

Aunque lo quieren ubicar en el casillero de apellidos como Tonelotto o Czornomáz, Ibarra está más cerca de Vilallonga o Demus. Un tipo que suele tener chispazos de genialidad frente al arco pero que si se anima a grabar, masterizar y vender sus goles en DVD, pierde por goleada. Un tipo que hoy no tiene club, pero que alguna vez fue premiado por el Diario Olé como el goleador argentino del año, encima de Tevez o Saviola.

Un tipo que está al borde de los 33 y que sueña con tener un club de fans propio. Igual, el Checho no se hace rollos. Y tira la frase, como explicando por qué quedará en la posteridad: "Sabes qué pasa: yo marco goles que otros no pueden convertir".

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